sábado, 10 de diciembre de 2011

TAN LEJOS

Me había perdido en el medio de la multitud. No sabía si había sido el alchol o alguna sustancia prohibida. Pero camine, sin apuntar a un lugar específico. Pero el sudor de la gente y el calor insoportable me hicieron frenarme. Doble en ayacucho, y me aleje. Caminé hasta Santa Fé pensando en por qué estaba caminando por esa zona. Qué tendra de misteriosa la madrugada. Qué tendra de encanto que todos quieran caminar. Seremos un club, el club de los soñadores, de los noctambulos, de los solitarios o de los incredulos buscadores de esperanzas inalcanzables. No sé si el desamor es el empuje a escribir historias, si es la parte más intima del ser humano que hace que desarrolle una percepeción más clara de la realidad. Te golpeas con el mundo, con ese sin sabor permanente. Del ya no ser, de no seguir construyendo aquello que habíamos soñado que podía ser para siempre. Son una sucesión de hechos desafortunados o tal vez, la necesidad permanente de estar con alguien al lado. Los sábados acarician lo áspero. Son especiales, la masa popular necesita liberar las energías negativas acomuladas en la semana. Es algo así como una terapia mundial. Todos se tiran en una especie de divan invisible que es analizado por algo que se da a llamar sábado. Nosotros, incredulos, o ya cansados de perder, decidimos que es el día en el cual pactamos no maquinarnos en situaciones que por lo general, nos generan algo parecido a la tristeza, pero que no llega a ser tristeza especificamente. Desarrollamos poesías burdas, melancólicas y un poco incoherentes. En los rincones de esta hermosa ciudad, buscamos soluciones milagrosas. Buscamos almas gemelas que no existen. En la esquina de algún bar, pensamos que está esa persona, leyendo un libro y tomando una cerveza, esperandonos. No es más que alimentarnos de una mentira tan cierta como inquietante. Por esa mentira nos movemos, vivimos y nos hacemos sentir parte en una verdad inexistente. Es ese beso, es esa caricia, o ese momento irepetible. Porque lo irepetible no vuelve, es único, no está más que en nuestra cabeza. Quiero saber quién fue el que nos instauro en la conciencia que estar solo es el síntoma más triste del planeta. Quiero que me lo traigan acá, así le propongo un mano a mano. Ese tipo no se dio cuenta que generó el mejor síntoma: el de la inspiración. Con tantas sonrisas, uno se pierde en la inspiración. El blanco es blanco porque es blanco, y no hay discusión. Cuando la tristeza te domina, el blanco no es blanco porque sí, sino porque equivale a ese color que te hace acordar a ese vestido que usaba ella todas las tardes cuando solía ser alguién significante en tu vida.

La luz es molesta, y esos faroles que iluminan Santa Fé solo logran desviarme de mi objetivo. Necesito que esté todo apagado, la ciudad entera si es posible. Que nadie pueda ver a nadie. En medio de eso, voy a ir a buscarte, no sé con qué argumento ni sé como encontrarte. Tal vez, pienso, que si está todo oscuro no voy a poder mirarte a los ojos y todo va ser más fácil. Porque cuando te miro es cuando me debilito. Como decirte que no quiero verte más, y que quiero seguir viendote. Es todo una cuestión de los ojos, o mejor dicho, es todo una cuestión del corazón. De ese maldito amor, que tanto miedo da.