Besos con sabor a excesos
Besos que endulzan hasta la sal más salada del universo
Besos con aroma tabaco pero sin llegar a ocasionar una enfermedad en el cuerpo
Besos que curan el alma
Besos que funcionan como terapia ante el malestar
Besos que reflejan el estado más puro del hombre
Besos con un toque de canabbis que no trae más que el toque de la victoria y la serenidad
Besos que le ganan a la soledad, siempre ahí, esperando que caigamos
Besos que triunfan sobre los silencios
Besos que ocultan a los miedos en un lugar que es preferible no encontrar jamás
Besos que duran por horas, por meses o por siglos, inmunes a otras bocas que no sea la de esa persona indicada
Besos que quedan marcados como una especie de tatuaje que otro beso no puede tapar
Besos indescriptibles, perfectos o justos
Besos transparantes, poéticos y filosóficos
Besos que callan peleas, gritos o rencores
Besos suaves, delicados y con los ojos cerrados, sin permitir que se abran en ningún momento. Pecando ante el más mínimo despegue de las lenguas.
Besos que no se terminan nunca y cuando se terminan, quedan fijados en el labio (y en todo el cuerpo)
Besos en estado de nerivosismo que se transforman en estabilizadores emocionales
Besos que tapan estados de imperfecciones
Besos simples, sin complejos, sin tabues y ataduras
Besos cómplices, audaces y necesarios
Besos sinceros y sutiles
Besos que no hacen más que recordar un segundo, un instante pleno de felicidad absoluta y son la esperanza utópica de que en un atardacer, mientras la luna se pone lentamente, esos besos serán testigos de ese acontecimiento. Cuando vos, siempre tan vos, vas a venir a sentarte conmigo en la arena suave, con el ruido del mar de fondo y sin nadie más que nosotros. El beso de la eternidad, el beso que nunca morirá, el beso tuyo, el que nunca despegará de mi mente y al cual aspiro besar nuevamente.
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