miércoles, 2 de febrero de 2011

TOKIO BLUES

Me senté en el banco de Plaza Francia media hora, no más que eso. Saqué el ipod del morral, el libro de Murakami y que el proceso de relajación mental arranque. No hago yoga, no hago pilates, no la relajo de otra forma. O si. Esa forma es leyendo, escribiendo o escuchando música. Grandes expresiones artísticas diría. Lo artistico cura. Ni las mujeres que pasaban alrededor con sus escotes y sus polleras cortas dignas del verano podían distraer mi atención en la lectura. No terminé el libro, de hecho leí setenta hojas aproximadamente. Pero puedo asegurar que Tokio Blues tiene algo. Desde la primer página que el protagonista escucha en un avión una canción de los Beatles que le hace acordar a su infancia, se sabe que la historia va por buen rumbo. Instantaneamente me enganché con el texto y supe que mi elección en la librería hace un mes fue la correcta. Repito, no sé como termina ni que puede pasar en el medio, ni los enriedos o lo que sea. La idea ya vale la pena comprarla.

Que increible cuando una canción nos remonta a un momento. Después de todo el trayecto entre la plaza y mi casa pensé en llegar y poner un tema para intentar copiar al protagonista del libro. Efectivamente la prueba tuvo sus frutos. Puse un tema de Fito que me hizo acordar a una situación que pasó hace como quince años, cuando estaba en cuarto grado. Después puse un tema de Los Redondos que me remontó a la secundaria y aquellas epocas donde abundaban las remeras de rock. Y así podía estar toda la noche, acordandome de muchisímas minas también, sería lo más nostálgico. Bah, lo de siempre. Suena simple. La ecuación es fácil: un tema = un momento. Así de sencillo es el libro. Y creo que lo sencillo es lo que atrapa. A través de lo sencillo surge lo complejo. Y lo sencillo trae complicaciones. Ayer hablaba con alguien sobre una mina, me preguntó que es lo que mas me gustaba de ella, y yo respondí su sencillez. A la vez me di cuenta que lo sencillo se transformó en algo lastimoso. Como que paso a ser lo que más me afectaba de ella también. Que la sobredosis de sencillez me terminó desgastando con esa mina. Que lo sencillo de ella se fue transformando en "no me importa mucho lo que vos haces flaco". Por eso, hay que encontrar el equilibro. Porque a mi me encanta que una mina no me haga un planteo, que se adpate a cualquier momento o sitaución. Que no tenga tantos mambos. No digo que no tenga, porque eso es imposible. Que le de lo mismo comer en Puerto Madero que un choripan en Costanera Sur, que le de lo mismo ver un drama en el cine que una de tiros en Las Vegas, que le de lo mismo comer ensalada de tomate y cebolla que de rúcula y parmesano. También llega un momento en que el todo SÍ termina perjudicando en algún punto. A mi me paso por lo menos. Sé que puedo estar loco de cuestionar algo tan lindo como lo sencillo de alguien. No lo critico, simplemente advierto de que hay que cuidarlo. De que lo sencillo no se transforme en rutinario. Porque no hay nada más feo que la cotedaneidad. En una relación es bueno lo sencillo, increible diría. Con equilibrio. Sostenerlo.

Me voy a escuchar un tema de The Doors, a ver que me inspira. O tal vez baje a la calle para encontrar minas complicadas, que siendo las dos de la mañana, deben abundar. Cierto que me gusta lo sencillo moderado. Pero termino siendo un mambeado de raíz.

Love me two times.

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