Se frenó un instante en la vereda. Miró a su alrededor las paredes pintadas con aerosol. No supo el significado de quedarse mirando un grafitti que decía "reconstrucción". Quién escribiría esa palabra. Será artífice de algún loco callajero. Claramente ese mensaje la hizo bajar a tierra. Había que empezar de nuevo. En todos los aspectos. Desde lo laboral hasta lo sentimental. Pero sobre todo lo sentimental. Ella afirmaba que todo pasaba por ahí. Podía tener el trabajo más tortuoso del mundo, pero necesitaba al lado un hombre que la contenga. El concepto de hombre que anhelaba se parecía poco al de la vida real. Engaños, mentiras y amores desencontrados. No tenía sentido trabajar de secretaría de un dueño de una multinacional por unos dos mil pesos por mes. No tenía sentido seguir siendo víctima del sistema capitalista. Tampoco tenía sentido hacerse la revolucionaria comunista que quería cambiar el mundo. El mundo se puede cambiar, pero dependía de su propia revolución.
Caminó un paso más, y consideró que había que hacer algo. Hacer algo era tomarse el colectivo 39 sobre Alvear y caminar hasta Palermo. Era una buena idea de verano. No de un jueves de junio. Mucho menos, a las tres de la mañana. No le importo. Lo hizo igual. En el bondi eran tres. Un viejo que estaba durmiendo, el chofer y ella. Se bajó en Honduras y caminó. Nunca supo para qué y por qué. Su terapia, su vida, su patología. Sintió el frío y sacó una bufanda de su cartera de marca. Los bares que siempre estan en la cresta de la ola los fines de semana estaban muertos. El barrio del lujo, era el barrio del silencio. No tenía miedo. El miedo es el futuro, el qué vendra. El miedo es el sometimiento a los hombres sin cabeza. A ir a cenar y escuchar que lo único importante es la guita. No pretendía eso de un tipo. No quería plata. No quería la vida perfecta. Queriá el amor a algo. A una vocación, a un hábito o a un animal tal vez. Basta de gente sin sentimientos. Quiero llorar con alguien cuando veo una película, decía. Cuando su cabeza se frenó, se frenó su cuerpo también. Había llegado casi a Santa fé, y algunos travestis la insultaron. Se río, y siguió. Hasta que pasó por la puerta de una pizzería. Se tentó con una porción de napolitana. Aunque un café con medialunas le interesaba más. La duda no era tan profunda. Pizza o café con medialunas. Salado o dulce. Amagó con entrar al local, y se arrepintió. Pasó un taxi vacío y lo paró de lejos. Subió y le dio la dirección de su casa. En todo el trayecto no se dijeron una palabra con el taxista.
En la puerta de su edificio había un cartel que decía "reconstrucción". Otra vez. Entró rapidamente al departamento de dos ambientes, fue hasta la cocina, hizo un cafe, le pusó dos de azucar. Después fue a la computadora, se frustró al intentar escribir una historia de una mujer y su perro. La cafeína no lo permitía dormirse. Dio una, dos, mil vueltas. El sol asomó por la ventana del comedor. Mucha luz. Bajó la persiana. Se encerró en su cuarto y empezó a armar el albúm de su vida. Tenía que cambiar un par de piezas. Reconstruir. Así de simple.
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