sábado, 6 de noviembre de 2010

EL JUEGO DEL MIEDO

Sebastián y Lorena habían decidido que ese sábado caluroso de noviembre tenían que ir al cine. Era una de esas noches ideal para ir a tomar una cerveza al aire libre y aprovechar ese rico aroma que desprende esa mezcla de primavera-verano. Sin embargo, les picó el antojo de pochoclos y ver una película de terror: el juego del miedo seis. A él no le disgutó la idea: el cine del Abasto estaba cerca de su casa, tenía el descuento del dos por uno y podían terminar la noche en un telo que estaba a tres cuadras, que si bien no era nada lujoso, para un turno de dos horas estaba más que bien. La pasó a buscar por la casa que estaba a cinco cuadras y fueron hasta ahí. Vale aclarar que ellos no eran novios ni eran fijas. Eran algo, o comenzaban a ser algo luego de tres meses de salidas. Sin que les pese un noviazgo, se vislumbraba un compromiso no implícito. Lorena era muy distinta a él, tenía unas ganas impresionantes de ponerse de novia y comenzar una relación lo más rápido posible. Sebastián tenía ganas de ir despacio, hacía poco tiempo venía de terminar con su ex y no quería apresurarse. No dudaba que le empezaba a picar el bichito del amor. Sobre todo, con minas como Lorena, que no se enojaba por nada y tenía un elevado grado de dulzura (a veces excesivo). Cuando esa noche de sábado la pasó a buscar por la casa, dejó el auto en el estacionamiento del shopping y subieron hasta las salas. La cola era muy larga, y tuvieron miedo de no conseguir entradas. La suerte parecía estar de su lado porque quedaban dos asientos disponibles. Compraron sus ansiados pochoclos y vieron la película. Se dieron la mano en varios momentos por el temor que les causaba y ella le hacía caricias en la pierna como para intentar aliviar el nerviosismo. Lo pudieron soportar y salieron de la sala abrazados como para entrar en clima. A Lorena le habían dado ganas de ir al baño, así que fueron hasta el fondo y él la espero apoyado contra una pared. En el momento que ella entraba al baño, salía Ana, su ex. Quedó duro. La miró a los ojos y le hizo una sonrisa. A ella se la veía nerviosa, había algo que andaba mal. Claro, al lado de él había un chico que la estaba esperando. En una secuencia de miradas y gestos, en la duda de que si tenían que saludarse o no, los dos se acercaron y se saludaron con un tibio abrazo. Ana era medio zorra en algunos aspectos. Por eso, aprovechando la distancia entre Sebastián y su chico, no tuvo mejor idea que presentarlos. Estaba entrando en guerra. Le dió pie a Sebastián para sacar un tema de conversación mientras salía Lorena. Se hizó el simpàtico con los dos y les preguntó que película habían visto. Llamativamente fue la misma, y comentaron la rareza de no encontrarse en la sala. Mientras conversaban salió Lorena del baño. Sebastián aprovechó para devolverlsela a su ex. Lorena no sabía quien era y la saludó simpaticamente, como siempre. Lo contrario a la otra. Si había guerra había que jugar, pensaba él. Para eso Ana era especialista, no tuvo mejor que idea que proponer ir a una pizzería a dos cuadras del shopping y que estaba toda la noche abierta. No había excusas del horario, eran las cuatro de la mañana. A Lorena le encantó la idea pensando que era una amiga de él. A él en cambio le cambió la cara. Le estaba embarrando el terreno. Tenía que aceptar la propuesta para no quedar como el débil de siempre. Sorprendió a Ana con la respuesta positiva y fue a buscar cada uno su auto. En ese viajecito de dos cuadras que sirvió para acercar un poco más el coche, Lorena le preguntó quien era la chica. Él no dudo en mentirle. Le dijo que era una amiga de la infancia que hace mucho no veia. La ingenua Lorena creyó los dichos. En verdad no podía imaginar otra situación en sus ojos de enamorada. En el corsa de Ana, su chico bastante limitado no preguntó nada, él quería garcharsela. No importaba si había que comer pizza, ceviche o comida hungara ni si había que ir con los padres, las amigas o un cura y un rabino. Había que ponerla y punto.

En la pizzería el limitado tomó la posta del pedido y de la charla. Se hacía el tipo de negocios con una empresita que tenía dedicada a la venta de artefactos para la cocina. Sebastián se mordió el labio unas cuantas veces mientras la miraba a Ana. Hizo hablar a Lorena para mostrarle que era una mina super inteligente y sobre todo, centrada. El hueco se tuvo que callar la boca porque entre lo tarado que estaba quedando y sus chances de no coger aumentaban, era mejor guardar silencio. Con el hambre y la tensión que había, en veinte minutos todos habían terminado la pizza. El bobo quizo pedir otra más pero Lorena se resistió. Le vinó bien a Sebastián para poder ir levantando campamento. No quería jugar más. Las miradas con su ex se estaban volviendo alevosas, dañiñas y le iban a jugar en contra. Además se había dado cuenta que el chico de ella realmente no era nada serio y seguramente era uno más de su tan prolongada lista. Dejó plata de más sobre la mesa y saludó a la "no" pareja. No escucho los pedidos de Ana para quedarse y se fue de la mano con Lorena. No lo hizó para mostarle a su ex que estaba en algo un poco mas serio que ella. Aunque inconciemente sí. Ana se quedó con una bronca de aquellas. Entre el pelotudo que seguía diciendo cosas sin sentido, Sebastián que seguro se iba a garchar y parecía que estaba empezando una nueva vida, estalló del enojo. Empezó a insultar a su chico tratandolo de fracasado, mentiroso y aparato. Se levantó de la silla y se fue directo al auto. Ni bien se subió, hizó unas dos cuadras y le mandó un mensaje de texto a Sebastián que decía: "quiero terminar la noche con vos". Cuando recibió el mensaje, él estaba por entrar al telo que tenía planeado. Estaba dolido por la situación, un poco desganado pero ya había sufrido suficiente por esa perra como para seguir dandose manija. Aprovechó el semáforo en rojo para leer lo que decía y quizo que la tierra lo tragase cuando vio en sus ojos el contenido. No podía ser tan hija de puta, tan cotradictoria en sus palabras. Ana siempre odió esos mensajes de garche y ahora ella se ponía en el papel de emisora. Se intercambiaban los roles. A Sebastián le hizó un escalofrío en todo el cuerpo pero tuvo la mente fría para acordarse de esos tiempos que él mandaba mensajes con esa necesidad a flor de piel de terminar la noche con ella. Ana no respondía o ponía excusas baratas para no verlo. Le había costado superar toda la ruptura como para volver a lo mismo. Lorena no merecía una excusa burda para dejar de estar con ella. Entró al telo, dejó el auto, pagó y fueron a la habitación. Antes de empezar con el sexo, Sebastián fue al baño, leyó el mensaje de nuevo, largó un insulto al aire en voz baja y apagó el ceular. Ya no había vuelta atrás. No quería volver al juego del miedo.

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