jueves, 18 de noviembre de 2010

LA PIBA DEL BLACKBUSTER

EL pibe no podía encontrar la inspiración en la escritura. Buscaba no ser repetitvo en sus palabras y en sus textos. Tenía que cambiar de aire. La urbe estaba llena de musas que dan que hablar y que tienen historias interesantes para mambear un rato. No había caso. Probó escuchando música despacito, con la computadora y un vaso de whisky. Si no se inspiraba con un poco de Silvio Rodriguez, el asunto era realmente grave. Podrido de su situación, bajó al chino a comprar un tuco porque encima no tenía qué ponerle a los fideos que estaba por cenar. No pegaba una. Los fideos ya colados y en un plato, sin aceite ni manteca ni queso de rallar. Había que ir al chino de la vuelta a comprar algo para ponerle. Para hacer más triste el asunto, se puso una malla, las ojotas y se llevó un changuito de esos que usan las viejas cuando van a hacer los mandados a la mañana temprano. Patético. Encima apenas baja, se largó a llover y tuvo que ir pisando charcos hasta llegar al maldito supermercado. Eran las 21:30, y no había nadie. Salvo él, su changuito y la china que atendía en la caja, siempre con una sonrisa odiosa. Mientras elegía si compraba fileto o napolitana, fichó a una mina que estaba comprando un vino, justo en la góndola de al lado. Se quedó mirandola, al principio para sentirse un poco menos sólo. La chica tenía unos ojos verdes grandes, el pelo recogido para atras con una vincha negra, un pantalon de los denaminados hippies con rayas grises y negras, unas all starts blancas y una musculosa que le marcaban sus diminutos pechos. Sin duda, su mirada era lo más cautivante. Por eso, nuestro amigo en cuestión se acercó y la chica le sonrío. Ya lo venía mirando de antes porque lo primero que le dijo fue: "comprate la pomarola, va como piña". El motor de la charla era el ideal, la salsa para los fideos y la chica comprando un vino. Daba para unos diez o veinte minutos de conversación. La chica se mostraba apuraba y él la quería frenar. "Vayamos a pagar" dijo ella. Encandilado por las luces de esos ojos, la siguió como si fuese la rescatista de la soledad.

- Venite a casa a cenar, tiró la piba- muy tranquila.
- Pero no me conoces, ¿vas a meter a cualquiera en tu casa? Preguntó el pibe.
- Ya vinieron tantos cualquieras a mi casa tantas veces, uno más, uno menos, ¡a esta altura!. Violador no sos, comprando un tuco lo disimulas muy bien a lo sumo. Además se nota que estas perdido, esa malla que tenes puesta es sinónimo de me puse lo primero que vi. La vivo todos los días esa.
- Así de segura, no me dejas más opción que decirte que sí. Eso sí, dejame llevarme lo que compre para otra ocasión. Dejé los fideos arriba de la mesa de la cocina.
- No te preocupes, yo estoy preparando unas milanesas. Bah, son unas milanesas que hace mi abuela y me las trae. Están en el horno en este preciso momento. Tengo una ensalada hecha en la heladera y ahora ponemos el vino que acabo de comprar.
- ¡Pero para! No hay milanesas para los dos. Vayamos primero a mi casa, bajo los fideos, los pongo en un taper y cada uno cena lo suyo.
- No te puedo decir que no, no tengo más milanesas y acá en el chino no compraría ningún lacteo. Viste ese mito de que no enchufan la heladera de noche, me da un toque de miedo. Soy medio loca, no me importan algunas cosas. Pero si puedo no morirme intoxicada de comida mejor.
- ¿Y de qué te morirías intoxicada?
- De rock and roll- respondió la mina.

No había mucho más para hablar después de esa respuesta. Caminaron con una lluvia de esas que son finitas y molestas. El amigo subió a buscar sus fideos, los puso en un taper y volviò a bajar. La chica lo espero sentada en las escalaras del departamento, en el techito para cubrirse de la lluvia.

- Bueno, yo vivo acá al lado- dijo la chica- otra vez con esa relajante actitud.
- Genial, así no nos mojamos tanto- respondió el flaco.

Subieron dos pisos por la escalera porque el ascensor estaba roto. La chica abrió la puerta de su casa y él se quedo sorprendido por el contexto que lo rodeaba. Cuadros del Che Guevara, banderas comunistas y unos vinilos de Sui Generis y Los Beatles. Sin pasar por alto, un poster de Los Redondos que data del año 1998 en Racing.

- Ah, sos ricotera veo- comentó, como si el comunismo no importaba en ese instante.
- Soy ortodoxa de Los Redondos, que es otra cosa. A ver, es mucho más fuerte que una banda. Es una filosofía de vida. No pude verlos en vivo muchas veces, es una gran tristeza. Lamentablemente mis 24 años no me dejaron apreciar su arte como me hubiese gustado. Pero al Indio ya lo fui a ver a todos lados, lloro en cada tema. Necesito que se vuelvan a juntar. Son únicos e inigualables.
- Totalmente- se quedó sin palabras. Ella había dicho todo lo que él hubiese dicho.

El pibe fue hasta la cocina como si estaría en su casa y puso en una olla los fideos para calentar, mientras abría la lata de pomarola recomendada por la piba. Ella sacaba las milanesas del horno y ponía la mesa. No hablaban mucho entre ellos. Raro. Porque tenían cosas en comùn. Parecía que la idea era hacerse compañía en ese martes lluvioso, con una soledad tocandoles el culo y jodiendolos un rato.

Mientras comían se preguntaron las profesiones y los estudios, que no viene mucho al caso de la historia. Ella contó que estaba sin laburo. Había estado trabajando en un Blackbuster pero como la empreso quebró, cerraron todas las sucursales. No tuvo otra alternativa que empezar a buscar otro laburo. El asunto era jodido, no encontraba nada. Tenía que bancarse con sus ahorros y no aceptaba guita de los viejos. Era una hippie con plata la verdad, o mejor dicho, sus viejos tenían toda por lo que comentaba. Pero a ella no le interesaba esa vida. Desde los 18 se mantenía sola y no pensaba cambiar su política. Siempre en laburitos chiquitos porque estudiar medicina no le daba tiempo para algo full time. Por eso, en el Blackbuster laburaba cuatro horitas por día desde los 20 y le alcanzaba para el ritmo de vida que llevaba a cabo.

Terminando los fideos, el pibe de nuevo sintiendose en su casa, fue a poner un cd al equipo de música del comedor. Vio la colección de ella y encantado de la vida puso uno de Pescado Rabioso. La piba terminaba su milanesa y analizaba cada una de las canciones que pasaba. Las letras, el estilo musical y otras sepas. Filosofaban un rato con un vino y unos cigarros como acompañantes. Miraron la hora y se había echo un poco tarde, la una de la mañana específicamente. Al otro día había una rutina y no podían colgar hasta tarde con tantas palabras que se llevaba el viento con el humo de los puchos. Había que bajar las persianas.

El pibe se fue. La piba le abrió la puerta y le dió un abrazo afectuoso. Capaz la próxima vez que se vean garchen o capaz pongan un disco de Los Redondos y siguen filosofando un rato o capaz el pibe encontró a la musa para sus futuros escritos.

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