domingo, 21 de noviembre de 2010

EL NIDO VACÍO

Cuando los hijos se van de la casa de sus padres suele aparecer el síntoma de "el nido vacío". Para ser más simple, los padres comienzan a sentir esa abstinencia paternal y se focalizan más en su relación que en lo qué les pasa a los hijos. Ya no tienen que preocuparse por la educación de sus crios o por cumplir ciertas obligaciones básicas. Ya los nenes crecieron y no los necesitan como antes. No es más compartir una cena todos los días o saber la agenda al pie del cañón. Las cosas cambian y empiezan a salir a la luz algunas internas de la pareja. Tienen más tiempo en preocuparse en sus problemas. En mi opinión, el síntoma arranca un poco antes, cuando los hijos ya están más grandes y les dan menos bola a los viejos, por más que vivan todos juntos todavía. Son esas ganas de independizarse sin estar independizado por completo. Es valorar más una noche de cervezas con amigos que una charla con los viejos que deriba en el futuro y otras formalidades. Es ahí cuando comienza el primer eslabón del nido. Cuando empiezan a matarse entre ellos porque los hijos ya no necesitan que les expliquen como hay que manejarse. Siempre necesitamos de los padres, eso seguro. Pero de otra forma, sin tantas indicaciones y en ciertos momentos oportunos. Sin sofocaciones ni sermones.
Todo este tema lo vengo pensando hace rato, pero digamos que hoy tuvo su punto de inflexión. Tuve una fiesta de quince en el cuál la poca gente de mi generación que conocía estaba en su mundo, en su burbuja del noviazgo, del franeleo permantente y envidiavle, cosa que me parece más que respetable. Eso me llevo a tener que buscar diálogo en gente grande que me conoce de chico y que está pasando por ese momento de la vida. Que los hijos ya crecieron y algunos hasta los transformaron en abuelos. Sienten que los abandonaron, entonces buscan la juventud a través del baile o de hacerse los pendejos con gorritos del carnaval carioca. Es entendible. Ven a dos pibes hablando y quieren sumarse a la charla. Es una forma de que el nido no esté tan vacío por un rato por lo menos. Hasta que vuelven a la casa, se miran los dos, pasan por los cuartos vacíos, ven los recuerdos: esos juguetes con los cuál ya nadie juega, esas camas que ya nadie duerme, esos ruidos que ya nadie hace y esa heladera que está completa. Debe ser díficil, es un proceso. Seguramente las parejas que sacaron los trapitos al sol en su momento, les cuesta menos el duelo del nido. Los que se guardaban los problemas porque estaban "los chicos" empiezan a matarse entre ellos y ahí los conflictos suelen tener su punto máximo.
Llamativamente no centré el post en la necesidad de estar de novio en una fiesta que conocés a pocas personas y encima están todos en algo (ni hablar de la falta de solteras sedientes de hombres, en este caso). Te da un toque de angustia. En varios momentos de la noche dije "ah, pero me quiero matar, si está fiesta hubiese sido un año antes entraba con una rubia llamativa y encima, mataba al aburrimiento". No soy careta, lo pensé en varios momentos. No sólo en la rubia llamativa sino en cualquier otra mujer interesante. Fue ahí cuando la soltería me pegó en serio. Cuando me di cuenta que tener una mina con quien compartir interesés o momentos es algo impagable. Cuando no tenes que preocuparte por quién vas a salir o por quién dejás de salir un viernes a la noche. A los 23 años el recorrido todavía es largo y uno todavía está aprendiendo las aristas del amor. En realidad, uno aprende del amor hasta el último día. No solo cuando lo tenes sino cuando no lo tenés.
El patio del salón era hermoso, tenía unos banquitos pintorescos y silloncitos para descansar. Me senté un rato a mirar a la gente, a los pendejos que chapaban, a los que bailaban, a los que se fumaban un pucho y a los que tenían que ir al baño a quebrar por todo lo que habían chupado. Me dieron ganas de tener quince años de nuevo. También me dieron de ganas de llegar alguna vez al nido vacío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario