Buscando el pasaporte en mi cajón de rejunte de cosas, encontré algo que me llamó la atención: una caja de forros vacía. Es verdad que alguien que conzca un poco mi desorden habitual, no se sorprendería. Sin embargo, en temás de preservativos siempre fui bastante cauteloso. Limpio, no dejar marcas ni imagenes desagradables. Por más que en la caja no haya nada, yo sé con quien lo use. Basicamente por la marca y el estilo característico. Era con ella. No hace más que sumar una dosis de frustración/ melancolía al duelo sentimental. No trae más que la aparición de recuerdos de cama. Intimos. Unicos. Sublimes. Placenteros. Relajantes. Existantes. Incambiables. Extraordinarios. Química. Puedo estar toda la noche poniendolé adjetivos a ese sexo. Sé que si ella alguna vez lo lee, me va a dar la razón. Pero como nunca lo va a leer, me tomó el atrevimiento de describir nuestro sexo. Además no me puede decir que la estoy dejando mal parada. Para nada. Ni siquiera pronuncio su nombre! Bueno Fijense Gente. No la voy a nombrar. La cuido, la respeto, le tengo cariño, pese a todo.
Volviendo al tema del significado de una caja de forros vacía, dice mucho más de lo que uno se imagina. Dice todo basicamente. El sexo vacío, el mal sexo, el no sexo, el no poder vivir sin ese sexo y el necesitar continuamente de ese sexo. Es lo último que me queda de ella. No tengo una foto en mi cuarto, no tengo una campera, ni su cepillo de dientes, ni siquiera un oso de peluche o un regalo específico. Si me pongo a pensar, es el significado concreto. Su falta de piel en mi cama. La mitad de la cama vacía. El perfume que impregnaba mi cuarto. La tranquilidad que me generaba que duerma al lado mío. El agua mineral en el mueble. El ser la vencedora oficial de mi insomnio. El dormir sin la televisión prendida. Mi remera de Bob Marley con aroma tan ella. Sus abrazos, que daba inconcientemente mientras dormía. Despertarse, volver a garchar. Estos sintomas de extrañamiento por horas. Las noches vencedoras de mis sentimientos por culpa de la soledad. La soledad que me permite escribir y seguir asumiendo el no ser. La soledad tan odiada, y a la vez generadora de los relatos más oscuros (o radiantes). El no levantarme para ir al baño porque era despertarla. Ese sueño profundo e inamovible. Esas manos acariciando mi pecho. Esa confusión que tenía por su cabeza. Provocación de gritos y gemidos. Taparse la boca para no gritar y ocasionar un revuelo en el barrio. Venir a cualquier hora para terminar la noche tapados hasta el cuello y queriendonos a nuestra manera. O ella queriendome a su manera y yo queriendola a mi manera. El instante del te quiero. El infaltable te quiero cuando acababa. Esos orgasmos que tenía ella, tan disfrutados y festejados por mí. Su cara de sastifacción mezclada con seguridad. La iniciativa de tomar las riendas del poder en la cama. De encontra mi punto débil. De ir ahí, si ahí. Los pechos grandes, pero no por eso, desparrmados. Firmes, al igual que su cadera y esas extravagantes tangas enloquecedoras. El transformarme en un depredador por culpa de sus provocaciones. Los cuadros, testigos absolutos de sus movimientos violentos pero sin llegar a ser pornográficos. El erotismo infaltable en cada instante de lujuria. La vulnerabilidad a la cual me transportó en más de una vez. La dominación carnal. La tan repetida y necesaria Piel. Las horas y horas de estar disfrutando ese sabor ùnico. Ese sabor que nunca creí que Zona Sur me iba a facilitar. El empezarle a decirle sí a cosas que antes decía no. En ser una erudita de la materia. Tiempo después, en transformarme en profesor. Nunca alcanzando el status de la reina. Pero poniendome cabeza a cabeza. Con la certeza de saber que sus enseñanzas quedarán para siempre. Dejando el sabor amargo de que las está repartiando por ahí, a cuanto falseador de ilusiones le aparezca en el camino. No dandose cuenta que mi cama era su aliada incondicional. Cuando la borrachera le ganaba el partido, sabía que su otro partido estaba acá. No tenía rivales y la hinchada gritaba solo por su nombre. Se aplaudìan de pie para ovacionarla. Vamos por más, escuchaba a lo lejos y ella le agradecía a su pùblico. Dejaba todo en la cancha, incluso cuando la destrucciòn por los excesos le pedían el cambio. Ella se negaba. Tenia que ganar. Perdía un poco la mente, pero no el cuerpo, ni las mañas ni sus swings. Era un poco diva, le quedaba bien ese papel en algunas circunstancias. Daba con el perfil, nadie lo duda. Las rubias dan esa onda. Si saben hacerse valer como tales.
Acabo de tirar la caja vacía al tacho basura, lo último que quedaba en este cuarto de ella. Digo de ella, pero era mío. Para compartirlo, mejor dicho. Lo que era mío, solía ser suyo.
Igualmente, voy a bajar al quiosco a comprar otro paquete de tachas. Por si, en una de esas, se le ocurre aparecer de sorpresa. Me desespero de esperarte, diría El Salmòn. No lo debo hacer. En cuestiones del amor, termino haciendo lo que no hay que hacer: esperarte.
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