miércoles, 9 de marzo de 2011

NOCHE DERROCHE

Cumplir seis meses de novio es un logro. Aunque parezca poco tiempo, no muchas parejas se dan ese lujo hoy en día. Es algo que se cada vez se da con menos frecuencia en los tiempos que corren. Por lo menos en mi prontuario. Siempre me costó enlazarme con alguién. O mejor dicho, estar en una relación de verdad. Con todo lo que eso lleva. Compromiso, lealtad, fidelidad o como se llame. Por eso, aquel día de diciembre no era uno más. Durante todo el día estuve prometiendo sorpresas. En realidad, no había nada raro. No soy complejo y ella no lo era. Lo mejor era cenar en un buen restaurante y terminar la noche en un buen telo. Era la combinación perfecta. Lo que los dos más disfrutabamos: comer bien y coger bien. Así de simple. Por aquel entonces, la plata no abundaba, ahora tampoco, en esos tiempos menos todavía. Necesitaba invitarla, agasajarla sin que me genere un costo excesivo. Por eso miré los descuentos que tenía por intermedio de una tarjeta. Hasta que encontré un restaurante italiano que nunca había ido y que tenía una fachada pintoresca. Un 40% de descuento era un buen número. Ya tenía la cena. Me quedaba definir la segunda parte del plan: el telo. Luego de consultar a varios especialistas en el tema, me incliné por uno temático en Palermo. Digamos que venía barbaro, los dos estaban en el mismo barrio. Como eran habitaciones temáticas, podía elegir la que quería y mirando unas fotos por internet del lugar, me gustó uno medio extravagante con una cama de agua, un hidromasaje del tamaño de una pelopincho, espejos por todos lados, sillones estilo antiguo y un plasma enorme. Además con esa misma tarjeta, tenía otro 20% de descuento. Por ende, mi plan estaba resuelto y no me iba a generar un gasto excesivo de dinero. Igualmente cuando uno esta de novio, no piensa en gastos, piensa en invertir. Pero realmente cuando la plata no sobra, ahorrarse unos mangos no viene mal.

En el día habíamos hablado una vez para saludarnos por el "mes" y le prometí llevarla a unos luagres especiales. Lo que estaba haciendo en idioma criollo era algo así como "vender humo". Sabía por dentro que no era nada increíble. Pero sí, una buena salida. Lo importante era la compañía, supongo. Ella no se mostraba tan entusiasta con respecto al día. A decir verdad, no le ponía muchas ganas a esos días. Me sentía la mina de la relación, hay que blanquearlo. A ella no le importaban las fechas. Dudo si realmente sabía que los nueves cumplíamos mes. No es más que parte de su personalidad. Había que quererla así. O dejarla, cosa que no hubiese hecho nunca, me parece. Cuando subió al auto me dio un beso. Me acuerdo que tenía puesto un vestido gris con unas calzas negras y unos zapatos del mismo color. Lo primero que me preguntó fue a donde la llevaba y le dije la verdad. Empece por el primer paso, el restaurant. Una vez que llegamos, lo conocí por dentro, no estaba nada malo, tenía unos cuadros tangueros en las paredes mezclado con los colores italianos. El primer plato se podía elegir entre varios que estaban en una mesa especial. Si adivinabas cuánto pesaba te llevabas el plato gratis. No hicimos uso de ese beneficio. Fuimos directo al principal. Nos reímos, tomamos un vino, nos quisimos un poco más y nos dimos la mano unas cuantas mesas uno en frente de otro. Ella me regalaba una sonrisa cada tanto. Yo estaba omnubilado en cada acción que ella hacía. Para mí, todo lo que venía de ella era increíble. Una idealización intensa, no recomendable. Ella pidió unos ravioles de verdura con una salsa de camarones. Me di cuenta enseguida que era el plato más caro del restaurante. Se lo estaba regalando, pero me daba un poco de bronca que justo pida ese plato. Solía pedir siempre lo más caro, cada vez que ibamos a cenar. Dejé pasar el hecho y pensé en el descuento como para amortiguar el derroche de dinero. Yo me pedí unos spaguetis gratinados, algo más simple y menos costoso, claro. Pedimos un vino tinto, un cabernet suavignon. Brindamos. Comimos. Ella dejó medio plato, a diferencia mía que casi limpie el mío con el pan. En esa cena hubo una discusión en la que estuvimos de acuerdo, si alguna vez teníamos hijos los ibamos a mandar a una escuela laica. No queríamos encerrarlo en la burbuja del judaísmo. Pensandolo un poco más friamente, fue la proyección más grande que hicimos estando juntos. Cuando el mozo vino amablemente a retirar los platos, le pedí la cuenta. Me preguntó si tenía algun descuento, a lo que atine a decirle que sí, tenía la tarjeta especial. Saqué la billetera y no estaba. Saqué todas las tarjetas y no había caso. Ella me decía de fondo que seguramente me la había olivdado en mi casa. No aportaba mucho ese comentario en ese momento. Me paré, revise mi jean, los bolsillos de la camisa y no había caso. En esos segundos segundos que el moso fue a traer la cuenta, rezé por dentro para que no sea un precio imposible. El mozo trajo la cuenta y mi cara no salió del asombro. La suma de dinero era realmente alta. Me agarré la cabeza disimuladamente. No tuve alternativas, pagué y no emití ni una palabra más. Ella ni amagó en sacar de su cartera algo de plata. Típico. Si bien yo había ideado el plan, pretendía el amague de invitar. Obviamente no se lo iba a aceptar. Pero el gesto me iba a dar una sonrisa, minimamente. No hubo nada. Me resigné a pagar. Necesitaba lavarme la cara.

Fui al baño a lavarme antes de arrancar la segunda parte de la noche, me insulté a mi mismo por olvidarme la tarjeta en la mesa de luz de al lado de mi cama. ¿Cómo la pude dejar ahí?, ¿cómo no corroboré antes de salir si la tenía?. Todo por no ser impuntual para pasarla a buscar y que no se enoje. Le fastidiaba la puntualidad como a nadie. Todo para hacerla sentir un poco más reina de lo que era. Me di fuerzas internamente, me convencía de que la situación ya había pasado y ahora venía una linda noche de sexo. De amarnos un poquito más mejor dicho. Cuando llegamos al telo, me miró con cara de que ya lo conocía. Me desinfló un poco la sopresa. Le dije al tipo de la entreda que venía a la habitación "casanova", asi se hacía llamar. Por suerte, no estaba ocupada. Dejamos el auto en el garage, y cuando abrimos la puerta de la habitación nos quedamos sorprendidos. Realmente era perfecta. Tenía todos los lujos que aparecían en la página de internet. Ella no tardó ni un minuto en prender el hidromasaje y en poner en la tele un canal de música. Raro. Siempre poníamos la radio cada vez que ibamos a un telo, porque nos daba risa el contraste musical. A los cinco minutos nos desnudamos el uno al otro y entramos al agua. Estaba caliente y empezamos a salpicarnos, cuan nene de cinco años. Al ratito empezamos a besarnos y a los minutos ya estabamos protagonizando una película porno. Ella afuera del hidro, yo adentro, y una posición de esas que solo se dan en películas pornográficas. En medio del polvo, ella se dio vuelta y me dijo que se sentía en una película para adultos. Eso no hizo más que excitarme más y en generar que la agarré y la llevé directo a la cama, donde no podía dejar de besarla por todo el cuerpo ni un segundo. Al instante sentí unas nauseas inesperadas, y mi cara cambió de color. No quise arruinar el momento de ella que estaba disfrutando como nunca, y ya había acabado tres veces en cuarenta minutos. No sé como había hecho para mantenerme en pie. Asi que le seguí dando placer manualmente, no podía seguir de otra manera. Ella se componetraba en llegar al orgasmo ganador. Y yo en no vomitar los fideos. Cuando llegó a su quinto orgasmo, volvió a la realidad y me preguntó si me sentía bien. No le mentí y le comenté que me había bajado la presión o algo similar. Se empezó a reir porque no entendía como aguante en ese estado haciendo el amor. Y justamente la respuesta estaba en su pregunta, era el amor que le tenía. El hacerla sentir importante, en no ser egoísta, en verla feliz. En pensar en ella, simplemente. Me dio un abrazo y unas caricia en la espalda, mientras apoyaba sus tetas en mi pecho. El turno había terminado y me ayudó a cambiarme. Yo ya estaba completamente vestido y ella desnuda. Desde la cama aprecié como otras tantas veces, ese cuerpo, que cada vez que lo veía, me preguntaba como hacía para tenerlo tan cuidado. Cómo podía tener los pechos tan duros y la cola tan parada. Cómo tantos años de gimnasia daba su fruto. Cómo su pelo suelto era algo único, no quería que se lo ate nunca. Seguí con detalle como se ponía el vestido gris, como se miraba al espejo para que la calza le remarque más la cola. Y como hacía todo lo posible por ser lo que era, hermosa.

Me sentía realmente muy mal, así que le pedí que manejara. No se negó. Al salir del telo, me había olvidado que esa tarjeta me daba el descuento para ahí también y que nuevamente estabamos en la misma situación que horas antes. La habitación me iba a costar más cara. Ahora había que sumarle mi estado. Nuevamente resignado le pagué al tipo de la puerta. Otra vez, ni amagó en ayudarme. Ni un salvavidas. En el viaje no emití sonido. Ella prendió la radio y puso Coldplay para relajar el ambiente. No nos dirijimos la palabra, hasta que ella me preguntó donde prefería dormir. Le respondí que solo y en mi casa. Se sorprendió un poco, pero no lo discutió. Acató mi decisión. Bajó en su casa y esas pocas cuadras que nos separaban de nuestros hogares, las maneje yo, a un ritmo lentisimo. Me saludó con un beso en la boca y un abrazo largo. Cuando estaba por arrancar porque ví que ya había entrado al edifcio, dió vuelta atras sorpresivamente y se acercó de nuevo al auto. Subió, dió un puertazo, me miró fijo y me dijo "gracias por la mejor noche de mi vida". Se volvió a bajar, y arranqué. Las nauseas comenzaron a irse, y la risa transformó mi rostro enfermizo en felicidad pura. No necesité de ningún antiacido ni remedio para recuperarme. Solo de esas palabras. La mejor cura la tenía al alcance. Era su amor. Era ella. .

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