sábado, 30 de octubre de 2010

CONTIGO

Juán tenía que matar a Paula. No había otra opción. Si no estaba con él, no podía tolerar que este con otros. Habían sido meses de golpearse la cabeza contra la pared, de tirarse a piletas vacías y de intentar utopicamente conquistarla. No quería llegar a esa situación. Asesinarla era terminar la maquinación qué tenía por ella, con quién se acostaba y a dónde iba. Era salir tranquilo de su casa, estar en el laburo o en la facultad y no tener que pensar en los movimientos de su ex. Cuando leyó El Tunel de Sábato la idea había volado por su cabeza pero no tenía los huevos para hacerlo. "Es una novela", decía por lo bajo, "yo no podría hacer eso jamás, matar a la persona que amo". Su obesión crecía día a día, ya no era amor. Era obsesión. La odiaba, pero la amaba mucho más de lo que la odiaba. Tenía que pensar de que manera iba a hacerlo. Él no iba a hacer ese trabajo. Nunca se había peliado con alguién, apenás tuvo alguna que otra discusión política, pero jamás llegó a las manos. Él andaba militando para una agrupación peronista hacía unos dos años. Ahí conoció a varios punteros políticos, con quien había estrechado lazos muy fuertes. Fue con un dirigente de la zona del conurbano bonaerense, con quién pensó contactarse, ya que lo unía una amistad, casi hermandad, en esos actos y marchas que semana tras semana organizaban. El tipo lo contactó con un barrabrava de Morón, que por mil pesos era capaz de matar hasta su madre. Juán se tomó el tren hasta esa zona, un jueves a las nueve de la noche. En el camino le quisieron robar el celular, pero se resistió. No le hicieron nada, era un tipo con suerte en esos casos. Cuando llegó a la casa del barrabrava en un barrio precario, que no era una villa ni mucho menos, salió la mujer del tipo, con un bebé en la mano y le dijó que su marido estaba en el bar de la vuelta tomando unas cervezas con los muchachos. Acostumbrado a curtirse con gente pesada, dio la vuelta para verlo. Efectivamente el tipo estaba ahí con varios más, pero tomando vino de cartón y fumando marihuana. Al principio, no lo miraron con buena cara, pero minutos después el barra se acercó a él. Juán le comentó que venía de parte del dirigente y la cosa se tranquilizó. El barra lo llevó a solas, por una calle turbia y oscura. Le explicó cómo trabajaba y le dio opciones para realizar el crimen. "Mira, la puedo matar de un tiro, secuestrandola y hacerla sufrir, atropellandola, violarla o envenanarla, o todas juntas, el arancel es el mismo, 1000 pesos". El sádico de Juán quería que Paula sufra. Violarla no, ya era demasiado cruel. Le gustó la idea de envenenamiento, la veía la menos grave de todas. Al mismo tiempo, su idea de que sufra como él había sufrido le jugaba en la cabeza. Por eso, le dijo al barra: "quiero que la secuestres, pero antes de matarla, leele una carta que te voy a dar". El tipo acataba ordenes, no le interesaba la carta ni el motivo por el cual quería matarla. El quería su plata y seguir tomando vino, fumando marihuana y tomar merca con los pibes del barrio. Juán le pasó la dirección de la casa. Como era en Capital, el barra quería que le pagué la nafta del auto para llegar hasta ahí. No hubo reproches. El plan cosistía en esperarla en la puerta de la casa, en el barrio de Paternal. Como no pasaba mucha gente por ahí, no iba a ser díficil, no había policías ni gente en los alrededores. El horario era cuando Paula iba a trabajar, a eso de las siete de la mañana. Igualmente el barra iba a pasar el día anterior para verificar si efectivamente ella salía a esa hora. Tal como le dijo Juán, la ex novia salía a esa hora. Así que todo estaba planeado para el secuestro y posterior crimen. Juán estaba tranquilo, era un militante, un tipo fuerte, un pibe de 24 años, con su lado sádico mezclado con una intelectualidad extraña, no amaba la violencia, quería a Perón pero despotricaba contra cualquier troskista o seguidor de algún partido de izquierda. La noche anterior al crimen, Juán fue a la iglesia, rezó dos padre nuestro y cenó un pancho en plaza flores. Se fue a dormir como si nada. A la mañana, el barra estaba junto con su coequiper en la puerta de la casa Paula. Ni bien ella salió, su mano derecha la agarró y la metió en el auto, un gol negro bastante demacrado. Paula gritaba y lloraba. "Por favor, llamen a mi casa, ellos le van a dar lo que necesiten, pero no me maten". Le ordenaron que se calle y que no le iba a pasar nada, que la iban a llevar a una casa para comenzar con una inexistente negociación. Fueron a una casa abandonada ubicada en la calle Jonte y entraron los tres adentro. La sentaron en una silla, con las manos atadadas y una bolsa en la cabeza. El barra la miró y le dijo "esta pendeja esta para cogersela, este pendejo se movía a un bombón, ¡mirá a esas tetas!, esta debe ser más puta que las gallinas". Igualmente el barra acató las ordenes que le había dicho Juán y mientras Paula seguía gritando, el barra le dijó que le quería decir algo. "Por favor, llamen a Juán, quiero estar con él, lo amo, les doy el télefono, por favor" gritaba ella. El barra y su ayudante ni prestaron atención. Seguramente ni se acordaban el nombre de Juán con la droga que tenían encima. Como el barra no sabía leer, le pidió a su mano derecha que lea la carta. "Mira nena, ahora te vas a callar, y voy a leer algo, escuchalo, ahí puede estar tu salvación". Paula dejó de gritar por un instante. Y el tipo comenzó a leer "Pau, te vas a morir. Vos mataste mi alma, mi vida, me destruiste, me dejaste tirado como un perro, te cagaste en mí, terminaste siendo una putita cualquiera que te garchabas al primero que se te cruzaba para darme celos a mí. Yo me desviví por vos, y no merecía eso que hiciste. Te odio. Te amo. Te aborresco. Te necesito. Sos una mierda. Sos hermosa. Sos vos. Te amo. Juan ". Ni bien terminó de decir "Juán", el barra sacó el arma, y mientras Paula gritaba "Juán te amo, te amo, no, no, no", le disparó directo al corazón. Juán quería que la última palabra que escuche Paula sea su nombre. Luego, el barra la remató en la cabeza. Limpiaron el lugar y la dejaron tirada en un baldío de Caballito. Lo llamaron a Juán y le dijeron "listo nene, el trabajo esta hecho". Juán cortó el teléfono de inmediato. Se le escapó una lagrima. Paula dejaba de existir. Lo que no se dio cuenta Juán, es que sólo dejaba de exisitir físicamente. El alma de ella iba a vivir en él. Por más que no estaba su cuerpo, estaba su recuerdo. El recuerdo no se podía matar. Porque amores que matan, nunca mueren.

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