domingo, 31 de octubre de 2010

UN VESTIDO Y UN AMOR

Lucrecia se había convertido en una fija de los hombres los ultimos dos años. No la querían, pero por sobre todas las cosas, no la respetaban. Ella era la típica mina que los hombres mandaban msj para ver si estaba disponible un viernes de lluvia o un sábado a las cinco de la mañana, cuando el alchol bajaba y la escases de mujeres en los boliches les hacía pensar en el sexo como el final perfecto de una noche de excesos. A ella no le molestaba ese papel, pero se empezaba a dar cuenta que algo estaba fallando. Extrañaba que la cuiden, que la saquen a pasear, que le den la mano mientras caminaba en alguna tarde soleada por algún lugar pintoresco de la ciudad. Necesitaba que le manden un msj cursi a la mañana para arrancar el día con una sonrisa. Cuando se iba a dormir a la noche, miraba su celular viendo si alguno de sus muchachos era capaz de mandarle algo interesante. No había caso. Se había transformado en una FIJA. Generaba envidia en sus amigas porque no había fin de semana en la cual no disfrutaba del placer carnal, mientras ellas se tenían que conformar manualmente. Al comienzo, la situación le pareció exitante. Tampoco era que se acostaba con veinte tipos por mes. Tenía uno o dos por mes, e iba cambiandolos. Le llamaba la atención que la quieran para garchar y nada más. Porque era una mina inteligente, se podía hablar de diversos temas: desde Cortazar hasta chismes de la farandula. Era una pseudointelectual, no zurda, intelectual y punto.

Amaba el psicoanalisis y lo usaba como factor determinante en su vida. Era su motor. Su psicologo era su motor, mejor dicho. Las palabras de él eran casi como la biblia. Esperaba todos los miercoles para que le de una lección de vida, como contaba ella en su círculo íntimo. Se había dado cuenta de que su amor por su psicólgo era más de lo que creía. Era amor puro. Era el hombre de sus sueños. Le llevaba unos veinte años, pero no le importaba. Lo veía como un tipo en serio, y no como los cachibaches que se garchaba los fines de semana. Esos pendejos de guita que la trataban como una princesa por dos horas que duraba el turno del telo. Esos pibes que por tener un buen auto y un poco de facha se creían los dueños del mundo. Esos pibes que no sabían amar. Lucrecia daba para más. No se había dado cuenta del tiempo perdido. Cayó tarde, pero cayó. Ahora tenía que cambiar el enfoque. Tenía que empezar a decirle que no a cosas que antes decía que sí. Darle otro vuelo a su vida. Y confesarle a su psicólogo su amor, claro. Era un poco neurótica. Se hacía valer con su caracter y su personalidad abrumadora. Era de esas pendejas que se querían llevar el mundo por delante, sin darse cuenta de que el mundo se la llevaba por delante a ella. Asi y todo, era un partidazo para cualquier hombre. Aunque ningún pibe de 23 años podría con semejante hembra.

Ella sabía que el psicólogo era divorciado, y tenía dos hijos de diez y cinco años. Se lo había contado en una sesión en la cual él se dispersó y le tuvo que pedir disculpas por no prestarle atención durante dos minutos. Lucre, como buena analizadora de situaciones, maquinó que si le dijo eso era por algo. Capaz también estaba enamorado de ella. Eran conjeturas de una mambeadora oficial, la presidenta. Tenía sus adeptas y sus adeptos. Era como una iglesia, donde todos los viernes se juntaban a analizar o especular sobre distintas situaciones que vivieron durante la semana. Unos locos de mierda, basicamente. Fue en una de esas noches, donde tres amigas le dijeron: "Lucre, tenés que dejar de ser la puta de turno y transformate en la reina de turno". Un cambio radical, pero posible, las capacidades se lo permitían. Una mina dulce y tierna siempre tiene un plus extra para ser reina. Le hizo caso a las amigas. Por eso, ese lunes, se anotó en una hoja las distintas formas de decirle al psicólogo que se había enamorado de él. Lo practicó frente al espejo, en el auto mientras escuchaba un disco de Sumo y en la ducha. Antes de irse a dormir, se puso a llorar. Le agarró una angustia interna. Se sintió sola en su cama, tuvo la sensación de que le quedaba grande. De que había un espacio para alguien, y no era para uno de esos pendejos. El llanto ocasionó que se quede dormida. Desde chica le pasaba eso. El solo hecho de llorar la dejaba muerta profundamente.

Se levantó a las siete de la mañana, la sesión era a las ocho. Se bañó, se puso un vestido negro elegante y llamativo. Nunca había ido vestida así a sesión. Dejo las all starts a un lado, y sus jeans cararcterísticos. Se pintó y se pusó lo más linda que podía. Hay que ser sinceros, no era una diosa infernal. Pero tenía su encanto, y los hombres se fijaban en ella. Por algo tenía una lista mes tras mes. Salió a la calle, y el calor la acompañó durante el trayecto en su auto, desde su casa en Villa Crespo hasta el consultorio en Palermo. Iba hablando sola en el viaje, pusó la radio, pero estaba tan nerviosa que terminó escuchando un disco de Sandro, que su mamá se había olvidado en la guantera. Entre "penumbras" y "trigal", iba intentando anticipar lo que venía, maquinando. Una vez que dejó el auto, tocó el timbre de su analista en el cuarto piso. Subió por el ascensor, se miró al espejo y como siempre, se vio fea. El único que sabía que ella se veía así, era su amado. El resto, ni lo imaginaba. Mantenía el secreto con la más profunda privacidad posible. Él siempre le decía que era hermosa tanto por fuera como por dentro. Ella se intentaba apoyar en eso para una posible respuesta positiva por parte de él ante su confesión. Al abrirle la puerta, el analista se sorprendió por la vestimenta de su paciente. Le elogíó el vestido y la hizo sonrojar. Se acostó en el divan y comenzó a hablar de su semana, de el pibe que se había garchado el sábado, de la falta de cariño, de su necesidad de ser alguien, de sus charlas con los maquinadores de los viernes y demás. Hasta que en un momento empezó a provocar. Se abrió de piernas, como para llamar la atención. El psicólogo lo percibió de inmediato. Y comenzó a mirar su tanga negra. Demasiada tentación: una paciente hablando de un sexo violento mientras se abre de piernas, era irresistible. El psicologo intentó mantener la cordura. Tenía que pensar que ella era su paciente, y que estaba trabajando. Pero era hombre antes que cualquier otra cosa. Por eso, se paró de su silla y se le tiró encima casi agresivamente. Le diò un beso apasionado e intentó tocarle las tetas. Lucrecia lo frenó y le pidió si podían ir a su casa. El analista no entendía mucho, pero la escena lo sobrepasó. Aceptó sin discusiones y se fueron de su consultorio. En el ascensor se besaron sin parar, hasta que llegaron al auto. Ahí él aprovechò para suspender a los pacientes que le seguían. Lucrecia acelaraba lo más rapido posible, mientras Sandro ya había cantado "Rosa Rosa" y "Quiero llenarme de ti". El analista era fánatico de el cantante, y se ponía a imitarlo en el auto. Lucrecia se reía y lo acompañaba con los coros. La ùltima canciòn fue "Fuego", y eso los excito aún más. Mientras ella dejaba el auto en el garage, él le preguntó si no estaban los padres ni los hermanos. Lucrecia comentó que se habían ido una semana a Mar Del Plata a descansar luego de que el padre había tenido unos problemas de salud. Ella preferió quedarse, para maquinarse duro. Cuando subieron a la habitación, ella mostró todo lo que sabía y se transformó en la experta. Se desnudó mientras bailaba sensualmente arriba de él, que no le quedaba otra que ver como esta chica de 23 años le daba una clase de sensualidad y erotismo. En la previa, ella ya había acabado una vez. Y luego, dos veces más. Los detalles de ese sexo son espelusnantes: fueron dos horas de una película erótica, donde no faltó ninguna posición y donde el analista acabó en la espalda de ella. El lugar preferido de ambos. Raro.

Antes de irse a bañar, Lucrecia pensó que el analista se iría. Como hacían todos sus pendejos. Él se quedo acostado, prendió un pucho y se puso a ver la televisión. Ella largó una sonrisa y cuando salió de bañarse se acostó al lado de él y lo abrazó con el unico objetivo de sentirse protegida. Ese era el motivo por el cual quería estar en su cama. Para que no este la mitad vacía. Para que haya alguién que la respete. El analista fue hasta la cocina y le trajó un café. Ese gesto la enamoró más. Ahí si pensó que ya se iría al consultorio de nuevo. Llamativamente suspendió todo su día de trabajo para quedarse con ella. Se quedaron dormidos. Lucrecia se levantó a eso de las cuatro de la tarde, y vió a su hombre durmiendo placenteramente. Se paró de su cama, disfrutó del momento, quería sacarle una foto incluso, no se animó. Ya era demasiado. Simplemente se fue a la cocina, se prendió un pucho y se pusó a escribir lo que podría pasar una vez que se levante el analista. Media hora después volvió a su cama, se apoyó sobre él, miró el techo y se puso a maquinar. Como siempre.

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